Sus manos se entrelazaron con cierto nerviosismo. Era la primera vez que sus pieles tenían la oportunidad de reconocerse mutuamente. Una sonrisa se dibujó en sus rostros al reconocer complicidad en el tacto. Sus miradas intentaban descifrar lo que estaban pensando. Se observaban intensamente sin la intensión de invadirse. Sabían que lo que necesitaban era reconocerse en el brillo de sus ojos. No permitirían al tiempo apremiar la situación. Sus sonrisa invitaba a quedarse, a comprenderse sin hablarse.
Los ruidos de la calle dejaron de importar. Los peatones pasaban sin siquiera percatarse de aquel encuentro que parecía haber detenido el mundo de aquellas personas que entrelazaban sus manos. La tarde comenzaba a mezclarse con la noche y el calor cedía ante la frescura. De pronto, parecía que el ritmo de sus emociones y el ritmo de los alrededores respondían a un mismo impulso. Tal vez era eso o tal vez era que algo comenzaba a surgir lentamente entre aquellas dos personas que se sonreían. Sí, era claro que el café sólo había sido un pretexto para propiciar aquel encuentro. Era un pretexto de los que se aceptan de buena gana, a pesar de su esencia cercana a la mentira. No, no era que creyeran en las mentiras, pues les gustaba pensar que debido a su naturaleza ese pretexto perdía cualquier sentido perverso que se le pudiese atribuir.
Pidieron la cuenta como un reflejo de la necesidad que tenían por mantener aquel momento en la completa unicidad. No querían perturbar al futuro recuerdo que tendrían de sus manos, de sus ojos y de sus sonrisas. Pagaron y abandonaron aquel pequeño café a las afueras de la ciudad. Caminaron tres calles más hasta llegar a la estación de autobús. Se volvieron a ver a los ojos antes de partir. Así comprendieron que la calma sería su mejor aliada. Los recuerdos tendrían que construirse con delicadez y uno por uno... como se hace con lo que se ama.
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