domingo, 28 de febrero de 2016

Tierra

Él caminaba descalzo alrededor del jardín de la vieja casa. Los olores y las sensaciones se mezclaban entre sí. La lluvia había convertido a la tierra en un poderoso tranquilizante, el viento soplaba fuerte y el césped, bajo sus pies, estaba húmedo. Su mente se preguntaba cómo es que todo había sucedido de aquella forma. Los días habían pasado uno tras otro sin que le permitieran detenerse a pensar sobre lo que ocurría. Ahora, se encontraba contemplando aquellas rosas que había visto crecer desde siempre al costado del jardín. Esas rosas, siempre atentas a las estaciones del año, florecían con singular intensidad. Algunas eran de color rosa, otras de un amarillo opaco, también las había rojas y blancas. Los dos cedros, irreverentes frente a las estaciones, conservaban el verde de siempre. Después de tanto tiempo, él logró convencerse de que valía la pena haberlos sembrado hacía ya más de quince años. 

Sus pies comenzaban a sentir el frío de la tierra. La humedad se impregnaba en su piel como el olor de la tierra mojada lo hacía en su pecho. El frío no era de aquel que aleja, era una clase de frío que invita a quedarse, a apreciarlo. Ese frío que mantiene al alma alejada de los tormentos y los delirios del calor. Es el frío que nos recuerda nuestra calidad de humanos. La humedad, en sincera complicidad con el césped, comenzaba a dejar algunas marcas en sus pies descalzos. Formas diversas aparecieron paulatinamente en las plantas de sus pies. La caminata seguía surtiendo sus efectos y él lo sabía. 

Decidió continuar con aquella contemplación. Entendía perfectamente las necesidades de su ser. Desde niño había aprendido que las necesidades del alma requieren de tiempo y que son a las que debemos escuchar con mayor detenimiento. Esos días convulsos le habían arrebatado, sin ningún detenimiento, su necesidad de servir al alma. Se daba cuenta de que la tristeza se desvanecía con dificultad, pero a ritmo constante. Su padre había tenido razón en decirle que no había plazo que no venciera. Se encontraba al final de ese plazo con sus emociones enfrentando a su razón. Las lágrimas no se hicieron esperar y una por una resbalaron por aquellas mejillas frías. No eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de conjunción. Él, su interior y su alrededor, se presentaron como un todo, como una misma idea. 

Decidió acostarse en el suelo. El agua, sin necesidad de permiso, traspasó su camisa y empezó a recorrer su espalda. No era un recorrido desordenado; era una marcha constante que amenazaba con empapar todo lo que se encontraba a su paso ¡Vaya que aquello era el pasado! Rápidamente recordó las tardes de su niñez, en que tirado en aquel mismo césped, observaba el movimiento de las nubes, la partida de las aves y la llegada de las estrellas. 

Soltó la pluma y dejó de escribir. Aquello podía esperar, tal como había sabido hacerlo desde hace algunos años. Esa, la sonrisa que bien conocía, apareció en su rostro.

viernes, 26 de febrero de 2016

Fragilidad

Las peores tormentas generalmente comienzan sin advertir su llegada. Repentinamente por las calles comienzan a correr ríos que parecen interminables. El viento sopla fuerte y hace que las puertas y las ventanas de los alrededores comiencen a estremecerse. Los truenos y relámpagos sorprenden hasta el más valiente. Todos corren en busca de un atajo que los resguarde del torrente de lluvia. Las aves, más precavidas que nosotros los seres humanos, han buscado refugio en las copas de los árboles más frondosos y han dejado de cantar ante la tormenta de dimensiones singulares. Así, de un segundo para otro: todo cambia, todo lo que antes se antojaba fuerte, ahora se vuelve débil. Lo vivo se retira para darle paso a lo inerte ¡Ah, qué frágil se es!

Y siguen las primeras impresiones de la tormenta sin que el consuelo los alcance ¿o será que también nos ha dejado a nosotros?. El ritmo del agua cayendo del cielo es más rápido que el del alivio. Las cabras, asustadas, corren, se estrellan entre sí, se lamentan y tratan con poco éxito de volver a casa cuanto antes ¿Es abrumador? Sí ¿Es definitivo? No. No lo saben, pero pasará y si no pasa, por lo menos habrá tiempo de comprender de qué va la tormenta... muy a pesar de la misma. Los ruidos del agua comenzarán a tomar forma, adquirirán armonía y poco a poco serán como una lengua que es necesario aprender. Aquello que nos parecía ruido se convierte en sonido. 

La fragilidad nos obliga a aprender. La fragilidad nos empuja a resignificar nuestra realidad, pero cuidado ¡nadie dijo que esa fuera la opción! La fragilidad duele y asusta, como la tormenta a las cabras. La fragilidad nos permite reconocer nuestra necesidad de detenernos y de comprender nuestros capacidades, como el peatón que busca refugio en la calle. La fragilidad también se convierte en una invitación a repensarnos, a prepararnos y a confiar en nosotros y en lo que nos rodea, tal como las aves hacen. La tormenta no dejará de ser. Me atrevo a decir que la tormenta gusta de amenazarnos con su regreso cada que nos visita. Lo importante es entender bien lo que nos quiere decir. 

Huesos
Vargas Rosas, Luis, Huesos (1920-1945)

domingo, 21 de febrero de 2016

Sobre la insoportable levedad del ser

Hace más de un mes que terminé de leer La insoportable levedad del ser y los argumentos que se plantean en el texto todavía siguen dando vueltas en mi cabeza. El dilema entre la levedad y el peso han aparecido desde entonces en más de uno de los textos que ha llegado a mis manos ¿coincidencia? No lo sé. Lo que si tengo por seguro es que el dilema -como su propia naturaleza lo indica- es complicado para muchos y fácil para otros tantos. Claro, también están aquellos que se decantan por la tibieza, es decir, por momentos tomarse en serio algunas cosas de la vida o períodos de la misma o dejar que todo fluya sin ninguna complicación adicional. 

Michael Ende, en su libro Momo, expone las consecuencia de la rigidez de la vida a través de la interesante historia sobre el tiempo y su ahorro. Para él, la vida no consiste entonces en el grado de levedad ni en el peso que implica. Él plantea que lo único que vale es con cuánto amor hagamos las cosas, sin importar si estas nos parecen ligeras o pesadas. Ende -sin proponérselo- responde en mi mente el dilema de Kundera, pues señala que lo primordial es la capacidad que tiene el ser humano de decidir cómo se enfrentará a la vida. De nuevo, la decisión pasa a ser de nosotros y no de fuerzas indomables como la "gravedad" de vivir. 

Aún no canto victoria en relación con el tema sobre el que escribo, porque reconozco que las líneas arriba esbozadas son reflexiones preliminares, inacabadas y muy sencillas. Tengo el presentimiento de que el tema que debaten ambos autores seguirá dando muchas vueltas en mi mente por un largo tiempo ¿o acaso será por siempre?

 
Portada del texto La insoportable levedad del ser de Milán Kundera

jueves, 18 de febrero de 2016

La congruencia


Alguna vez me dijeron que la congruencia te vuelve vulnerable frente a los otros porque saben cómo reaccionarás frente a una situación determinada. Sin embargo, difiero sobre las consecuencias de la congruencia porque no considero que sea un signo de debilidad; por el contrario, gracias a la congruencia podemos obligar a nuestra mente a pensar en un hilo conductor de nuestras acciones que sea sólido y bien fundamentado. Me atrevería a decir que la congruencia es un ejercicio de disciplina, perseverancia y autoconocimiento. 

Asimismo, la congruencia no significa que debamos permanecer inmóviles y ajenos al cambio. La congruencia nos exigirá que el cambio sea razonado o que por lo menos sea un proceso consciente. El individuo congruente sabe que en ocasiones es oportuno dejar ciertas prácticas o ideas con la finalidad de continuar construyéndose como persona, es decir, de seguir contribuyendo a su proyecto de vida. Si pensamos a la vida como un mapa, la congruencia será la lógica que utilicemos para llegar del punto A al B o al C, no obstante, no dictará algún camino como adecuado o algún medio de transporte como el mejor. Ahora que lo pienso bien, tal vez la frase adecuada no era "la congruencia te vuelve débil",  sino "la congruencia no es para los débiles". 

Pablo Picasso, Retrato de Ambroise Vollard (1909-1910).


domingo, 14 de febrero de 2016

De centralismo, migración y otras peripecias

El martes de esta semana, durante la comida, algunos colegas y yo comenzamos a debatir sobre la dinámica demográfica de la ciudad de México (la minúscula en "ciudad" es a propósito porque no me refiero al nuevo estado, sino a la denominación urbanística). El hilo conductor de la discusión era la falta de planeación urbanística de la ciudad, consecuencia en gran medida de los flujos migratorios provenientes del interior del país hacia la capital. Las personas que deciden migrar a esta gran metrópoli lo hacen principalmente para incrementar sus ingresos y para mejorar su calidad de vida, no obstante, no todos consiguen su objetivo. Un número importante de estos migrantes termina por aceptar un trabajo no tan bien remunerado, que únicamente les permite rentar en zonas periféricas, con las cuatro horas diarias de traslados que ello implica.

El problema no es la llegada de los migrantes a la ciudad o el lugar donde vivan; el problema de fondo son las políticas de desarrollo territorial, económico y de infraestructura que predominan en la administración pública federal. Desde mi punto de vista, se ha privilegiado a la región central de México en prejuicio de los demás estados del país. Las mejores universidades están en la Ciudad de México (ahora sí con mayúscula), así como las grandes empresas nacionales e internacionales, las dependencias del gobierno federal (esto siguiendo la antigua lógica de la Ciudad como territorio federal), los mejores caminos, el mejor aeropuerto y así una larga lista de ventajas. Las oportunidades de desarrollo son mayores en una ciudad con las ventajas antes descritas.

La posible solución, desde el punto de vista de quien escribe, que también tuvo que migrar a la Ciudad de México para mejorar su calidad de vida, no radica exclusivamente en la regulación o la restricción de los nuevos asentamientos humanos ni en el mejoramiento de la infraestructura urbana; la solución sería redistribuir la atención del gobierno federal entre todo el territorio nacional. Los teóricos de la llamada "nueva teoría del comercio" señalan que fuerzas positivas en una región tienen un efecto multiplicador o de inercia, pues atraen a nuevas empresas, a capital humano talentoso, a instituciones educativas prestigiadas y así la lista de beneficios continúa. Sólo hace falta dejar al centralismo atrás y apostarle a modelo más nacional.

Foto aérea de la Ciudad de México tomada por Google Maps.

miércoles, 10 de febrero de 2016

El mito de la caverna



Las primeras líneas de un texto siempre son las más complicadas para aquel que escribe (¿también lo serán para aquel que lee?), pues implican poner a andar la parte creativa del cerebro. En ocasiones nos bloqueamos ante el reto que representa generar una idea a partir de la nada, el temor o la inseguridad nos limitan y evitan que nos pongamos manos a la obra. Sé que este blog constituirá un un excelente ejercicio en mi formación como profesionista y como persona, porque pondrá a prueba mi capacidad de escribir y de reescribir, de leerme y de releerme, de criticarme y de motivarme. En fin, será un acto de aprendizaje... o al menos eso espero.

Algunas de las líneas que publicaré por aquí podrán parecer inconexas entre ellas, pero si el lector es cuidadoso se podrá dar cuenta de que en su conjunto constituyen la radiografía de aquello que pienso, vivo y planeo. Al estilo del mito de la caverna de Platón, debo advertir al lector sobre el hecho de que no será posible acceder a los seres que producen las sombras, no obstante, puedo adelantar que bastará con observar las sombras que el fuego produce en las paredes de la caverna para que quien escribe y el que lee podamos establecer un vínculo a través de las palabras.

Para concluir esta entrada me remitiré a una  frase muy común y que enmarca la esencia de unas notas que leí hace un tiempo: "a ver qué sale". Así es, estará por verse que resultados tiene este ejercicio.

La escuela de Atenas de Rafael, pintada en 1509.