viernes, 25 de marzo de 2016

La autocensura

Mi entrada para el día de hoy pretendía ser sobre la religión y la libertad de culto. Sin embargo, me topé con un serio problema: la autocensura. Comencé a cuestionarme sobre la viabilidad del tema y sobre la pertinencia de escribir acerca de una cuestión tan controvertida como la religión. Realicé un pequeño balance en torno a los beneficios y las desventajas de aventurarme a argumentar por escrito sobre el tema. Mi conclusión, después de unos cuantos minutos, fue que sería más conveniente no redactar sobre este tipo de textos, es decir, me incliné por ser tibio (¡ojalá que no se cumpla aquello que decía el Antiguo Testamento sobre los tibios!).

La autocensura cuesta millones de palabras al años, incluso me atrevería a decir que son miles de millones de palabras las que son sacrificadas a causa de la autocensura. Sabemos que escribimos para que nos lean otros, por ello es muy común que cuando escribimos un texto borremos en más de una ocasión alguna línea o párrafo que hemos redactado. Preferimos no arriesgarnos a las críticas de los demás o a la polémica que el tema sobre el que escribimos pudiese desatar. La autocensura nos previene de expresar puntos de vista poco favorables que podrían perjudicar la percepción que los lectores tienen sobre nosotros y sobre nuestro trabajo. 

La autocensura, más frecuente cuando escribimos que cuando hablamos, ocasiona que evitemos algunos temas o que no expresemos cierta opiniones, lo cual me parece adecuado. A pesar de estos beneficios, también creo que deberíamos tener el coraje de expresar nuestra postura y en el mejor de los ánimos salir a defenderla. Una gran cantidad de políticos, empresarios y líderes religiosos son incapaces de expresar una opinión sobre algún tema por el miedo a las consecuencia que traerá esa opinión. Sin embargo, creo que un poco de atrevimiento nunca nos hace daño. Así que espero que mi próxima entrada pueda ser sobre la religión y la libertad de culto.  

martes, 22 de marzo de 2016

[The] room ¿o lo mismo que los paradigmas?

Hace unos días fui al cine a ver una película que en inglés se titula The room (2015). La historia trata sobre una chica que fue secuestrada y violada cuando tenía diecisiete años. Después de este suceso, la chica queda embarazada y da a luz a un niño, quien vive con ella dentro de una habitación -propiedad del secuestrador- que hace las veces de baño, cocina, dormitorio y sala. La historia te atrapa poco a poco y te permite ver cómo nuestra visión del mundo está en función de nuestro contexto. Jack, quien en la película cumple cinco años, cree que el mundo se reduce a las cuatro paredes en las que vive y que todo aquello que está más allá es el espacio exterior. Su mamá ha tejido una historia para poder explicar los acontecimientos que están a su alrededor: de dónde proviene la comida, quiénes son las personas que aparecen en la televisión o qué es aquello que se observa a través del tragaluz de la habitación.

La película, además de representar con gran acierto el dolor que viven las víctima del secuestro, el abuso sexual y la violación, sirve como pretexto para reflexionar sobre la construcción de paradigmas y cómo nuestro proceso de pensamiento nos conduce a aceptarlos como válidos. Nacemos en un momento determinado de la historia y crecemos creyendo que las ideas y concepciones de la realidad que se promueven en nuestro entorno son el equivalente a la verdad. Algunos no nos cuestionamos el origen de estas ideas ni su validez, mientras que otros -con miedo e incertidumbre- nos atrevemos a reconsiderar la historia que nos han contado sobre el mundo. Este es un proceso complicado que involucra mucho esfuerzo, determinación y ganas de aprehender la esencia misma de la realidad. 

Si bien es cierto que los paradigmas nos proporcionan una guía que facilita nuestro proceso de entendimiento de la realidad, también es oportuno señalar que los paradigmas funcionan como una camisa de fuerza que nos impide explorar nuevas posibilidades. Es necesario que salgamos de la habitación en la que vivimos atrapados si queremos comprender mejor el lugar en donde estamos parados. Sí, es una tarea ardua convencer a nuestra mente sobre la idea de que el mundo es más de lo que hemos creído conocer. A Jack le costaba imaginar que las personas que veía en el televisor eran de carne y hueso o que el ratón que se metía a su habitación venía del jardín que estaba detrás de la pared. Creo que el rompimiento con los paradigmas lo podríamos comparar con el proceso de duelo posterior a una pérdida, en donde niegas, lloras, te enojas, aceptas y aprendes como consecuencia de la partida de aquello que creías estaría por siempre en tu vida. 

Si tienen oportunidad de ver esta película, se las recomiendo ampliamente.

Tráiler de la película Room (2015).

miércoles, 16 de marzo de 2016

La libertad


La capacidad de amar, de sentir y de querer. El poder para expandir la mente a horizontes inimaginables, para crear historias y para hacer múltiples interpretaciones de lo que nos rodea. La libertad es subjetiva y colectiva, una mezcla que parece extraña y en ocasiones se torna complicada. Todos nos movemos pero todos nos detenemos, es un constante choque. La libertad animal no toma en cuenta la colectividad, es llanamente libertad: perenne y única. La libertad humana, además de compleja y temporal, se desarrolla en función de la colectividad que rodea al sujeto. La colectividad podría considerarse una limitación al sujeto, no obstante, resulta más prudente pensarla como la posibilidad de extender la libertad más allá del sujeto, es decir, más allá de una sola mente. La libertad es la puerta a la felicidad. La felicidad es compartida y llega cuando las libertades subjetivas encuentran un punto de acuerdo allá donde las mentes humanas confluyen.

A pesar de que el ser humano sea despojado de la posibilidad de ser feliz -de la colectividad-, siempre existirá la libertad que se originó desde el momento de su concepción: el ser. El ser, esa posesión que nadie nos da, que nadie nos otorga, aquello que nos pertenece, de lo que no debemos dar explicaciones. Todos somos ser, por lo tanto todos podemos estar, no hay  necesidad de responder a nadie por el ser y su inseparable consecuencia: existir. El ser es un espacio íntimo, es ahí donde la esencia de la vida toma lugar, donde la libertad primera nace.

La libertad del individuo en primer término será entonces lo que él o ella sean. No podría imaginar una limitación al ser salvo el propio ser, lo cual resulta en la continuidad de la libertad. El ser es el que decide limitarse, él es libre de hacerlo. La validez de la libertad que tiene cada individuo no debería ser debatible, quizá para usos prácticos sí, porque ¿qué ser tendría el derecho de proclamarse como juez de los temas de la libertad? Nadie podría hacerlo. Todos somos iguales, iguales en libertad también.

¿Existen limitaciones externas del concepto de libertad? No, son limitaciones del sujeto como parte de la vida pero no de la libertad en sí. Podríamos enumerar la opresión, la intolerancia, la apatía, la malicia, la avaricia, la envidia o la injusticia, conceptos cuya existencia siempre está condicionada a factores externos. Si estos elementos se volviesen internos, ya no tendrían el carácter de limitaciones; serían una decisión del ser. Algunos han pensado que el sujeto no puede ser libre porque es un individuo en sociedad y que, por consiguiente, se tiene que adaptar a las normas del medio en que se desenvuelve, no obstante, no es así. La sociedad sólo constituye un pretexto para tomar ciertas decisiones o para evadir la responsabilidad de lo que implica tomar decisiones de forma consciente. 

domingo, 13 de marzo de 2016

Voz propia

Generar un estilo propio que logre transmitir nuestras ideas y pensamientos requiere de mucho esfuerzo. La influencia de quienes nos rodean, de lo que estudiamos y del lugar en donde nos desenvolvemos se refleja en la manera en que escribimos. Conforme los años pasan, se convierte en un lujo escribir como nos apetece, porque hemos aprendido tantas reglas y estructuras que perdemos el buen hábito de explorar, inventar y jugar con la lengua. 

La voz propia no significa que hagamos un uso caprichoso de la lengua, que ignoremos sus formas más básicas y que nos empeñemos en volver incomprensible el mensaje que transmitimos. La voz propia requiere consciencia de las herramientas lingüísticas a nuestra disposición. Conocer las fortalezas y las debilidades de la lengua nos permitirán recorrer sus caminos sin miedo y con la confianza de atrevernos a innovar. La voz propia nos volverá más seguros en nuestra relación con las palabras, con sus significados y con las posibilidades infinitas que tenemos para comunicarnos. La voz propia nos invita a equivocarnos mientras experimentamos con la lengua. Las bondades de este tipo de equivocaciones es que, a diferencia de aquellas que no reconocemos, nos permitirán acercarnos más a la lengua.

Adueñarnos de lo que creamos es el fin de la voz propia. A veces me encuentro con puristas de la lengua que se oponen a participar del juego creativo con las palabras e inevitablemente la única imagen que viene a mi mente es una camisa de fuerza. Estos puristas convierten a la lengua en una vulgar receta que sin más remedio debemos seguir; vuelven al creador esclavo de su creación. Por otro lado, la voz propia nos permite sabernos dueños de nuestra creación. Nos sabemos con el derecho de modificar las estructuras existentes y de ajustarlas a nuestras nuevas realidades y a las invenciones sin fin de la mente. Sí, querido lector, como se habrá podido dar cuenta yo abogo por un uso más libre de la lengua (¡Ojo, ni siquiera pasa por mi mente estar a favor del uso libertino que muchos hacen de la misma!) y pienso que la voz propia es un buen medio para acercarme a esta convicción. 

Portada de El Principito, traducido al otomí por Raymundo Isidro Alavez y Jacques Galinier

domingo, 6 de marzo de 2016

El alma, la inspiración y el movimiento

La inspiración mueve al alma lentamente y con mucho cuidado. La mueve a través de senderos desconocidos que vale la pena explorar. La inspiración, algunas veces con una paciencia inquietante, permite que el alma se detenga a observar los detalles de lo que hay a su alrededor. Este andar lento, tranquilo y pausado, se convierte en reflexión, en meditación y en hallazgo ¡Ay pero qué bien sabe la inspiración que en los detalles está el secreto de todo! Te mantiene pasmado y pensativo, como queriendo aprehender la esencia de todo lo que nos rodea para poder traducirlo en poemas, en canciones o en pinturas. Sí, el alma no habla por si sola, necesita inspiración. 

Pero que no se crea que la inspiración sólo conoce el caminar lento y pausado que he mencionado, también sabe -de primera mano- de los placeres de correr, de exaltarse y de animarse a asumir los retos. Sin ningún reparo lleva al alma a los acantilados más altos, más peligrosos, los más hermosos y sorprendentes. La toma de la mano y hace que se arrojen hacia el vacío. El alma grita, ríe, llora, se lamenta y se enoja. La voz que sale de su garganta es una voz fuerte, con potencia y desde muy dentro. Es una voz que transmite coraje, pasión y placer. Sí, así es como nuestra alma se atreve a innovar, a romper paradigmas, a enfrentarse con sus miedos y a saber que el final del acantilado sólo representa la oportunidad de volver, con la inspiración, a escalar hasta la cima del mismo, porque ha de saberse que el alma, a diferencia del cuerpo, no perece ante la caída. 

¡Recuerde bien que el alma siempre debe ir acompañada de la inspiración! No la olvide al salir de casa, pues, así como lo hace la sombrilla con el cuerpo, le permitirá mantenerse alejado de los tormentos ajenos. El alma, debemos reconocer, también es frágil y requiere ser motivada, protegida y apreciada. Así es señores, así es como funciona el alma. Ya habrá tiempo para hablarles de cómo entender a la mente y al cuerpo... ¡pero con calma! Que hoy mi inspiración camina y no corre, hoy observa, se detiene y reflexiona. 

-Hasta pronto -contestaron todos.