Mi entrada para el día de hoy pretendía ser sobre la religión y la libertad de culto. Sin embargo, me topé con un serio problema: la autocensura. Comencé a cuestionarme sobre la viabilidad del tema y sobre la pertinencia de escribir acerca de una cuestión tan controvertida como la religión. Realicé un pequeño balance en torno a los beneficios y las desventajas de aventurarme a argumentar por escrito sobre el tema. Mi conclusión, después de unos cuantos minutos, fue que sería más conveniente no redactar sobre este tipo de textos, es decir, me incliné por ser tibio (¡ojalá que no se cumpla aquello que decía el Antiguo Testamento sobre los tibios!).
La autocensura cuesta millones de palabras al años, incluso me atrevería a decir que son miles de millones de palabras las que son sacrificadas a causa de la autocensura. Sabemos que escribimos para que nos lean otros, por ello es muy común que cuando escribimos un texto borremos en más de una ocasión alguna línea o párrafo que hemos redactado. Preferimos no arriesgarnos a las críticas de los demás o a la polémica que el tema sobre el que escribimos pudiese desatar. La autocensura nos previene de expresar puntos de vista poco favorables que podrían perjudicar la percepción que los lectores tienen sobre nosotros y sobre nuestro trabajo.
La autocensura, más frecuente cuando escribimos que cuando hablamos, ocasiona que evitemos algunos temas o que no expresemos cierta opiniones, lo cual me parece adecuado. A pesar de estos beneficios, también creo que deberíamos tener el coraje de expresar nuestra postura y en el mejor de los ánimos salir a defenderla. Una gran cantidad de políticos, empresarios y líderes religiosos son incapaces de expresar una opinión sobre algún tema por el miedo a las consecuencia que traerá esa opinión. Sin embargo, creo que un poco de atrevimiento nunca nos hace daño. Así que espero que mi próxima entrada pueda ser sobre la religión y la libertad de culto.