domingo, 29 de mayo de 2016

Tierra segura


El barco zarpa cada cierto tiempo del puerto. Los habitantes del pueblo saben bien que nunca se puede predecir la fecha de llegada y de salida del navío. Lo único seguro es que cuando el barco llega habrá que estar preparado para irse en él pues puede ser que no regrese en cinco, diez o veinte años. El barco zarpa con los que han escogido tomarlo y a aquellos dubitativos los deja en la isla. Luis había dudado mucho sobre aquella decisión y había dejado que la ocasión de irse en el barco se le escapara años atrás. Hoy, con un poco de temor, Luis había decidido que quería iniciar el viaje del que todos hablaban en el pueblo y que nadie había vivido, salvo aquellos que ya habían partido. 

La gente comenzó a arremolinarse alrededor del puerto al sur de la isla, cerca de la plaza principal del pueblo. Todos estaban emocionados pues quería escuchar las historias de la tripulación que había llegado con el barco el día previo, comprar algunos de los objetos que traían consigo y sobre todo quería saber quiénes serían los que se aventurarían este año a emprender el viaje. Luis tomó sus cosas: una maleta con algo de ropa, un cuaderno para notas y algunos libros que su padre le había regalado. Se despidió de sus padres y sus hermanos con un enorme abrazo y un beso en la mejilla. Salió de la casa y se encaminó hacia el  muelle. 

El color y la alegría que despertaba la llegada del barco al pueblo arrancó una sonrisa de su rostro. Siempre había amado ese pequeño pedazo de tierra segura. Luis abordó con paso firme el barco. Se asomó por la barandilla y observó los rostros de las personas que lo habían convertido en lo que era hoy, por quienes había llorado y por las que había sido inmensamente feliz. El barco anunció su partida con un fuerte estridor y Luis no pudo evitar derramar una lágrima de nostalgia, emoción y gratitud. Ese pequeño pedazo de tierra segura era lo que le había permitido abordar ese barco camino a la aventura. El viaje ante lo inmenso sólo era posible gracias a la tierra firme que lo vio crecer.

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Fin de la parte I de esta serie. 

domingo, 22 de mayo de 2016

Ida

El viento pega en mi rostro y el sol calienta poco, pues el atardecer se acerca. El olor a humedad se ha impregnado en toda la ciudad tras la lluvia que acaba de caer hacer unos minutos. Camino con una sonrisa en el rostro y recuerdo lo que dice la canción que he tenido en mi mente los últimos días: "all we have is memories" y eso es precisamente lo que me llevo de este ciclo (lo único que podré llevarme a donde quiera que vaya). Reflexiono sobre lo que los recuerdos han hecho de mí, cómo fueron apareciendo y cómo es que algunos han quedado para nunca ser olvidados. El camino de vuelta a mi otra casa -en la gran ciudad- ha comenzado mientras escribo estas líneas. Ahí, donde un capítulo completo se escribió. 

La cuenta regresiva se ha instalado, por lo que ahora los días en lugar de parecer inmensos, adquieren cierta ligereza. Mis pasos, percibo, me llevan más rápido hasta las últimas líneas que habrán de llevarme hacia el último capítulo. No importa, sé que los pilares que dieron vida a este capítulo seguirán, de una u otra forma, presentes en los que aún quedan por escribir. No me queda duda de que estos pilares, todos ellos en diferentes presentaciones, seguirán formando parte del argumento principal. 

Ya preparo el borrador de lo que ha de venir. No reparo en los detalles, pero sí en la idea central. Se trata de que la pluma fluya mientras las hojas pasan, así se disfruta más. En fin, no hay prisa por empezar ni por terminar... siempre es bueno disfrutar el viaje. El camino de vuelta a la gran ciudad es pausado y en calma. Alrededor dejan de verse las casas y comienzan a aparecer las montañas. Veo a través de la ventana la línea directa que unirá a las dos ciudades --la grande y la pequeña- en los años por venir. Sí, ya puedo llamar a las dos "hogar", aunque cada una muy a su manera. 

miércoles, 18 de mayo de 2016

Con sabor a mar (II)

María se dirigió a paso lento hacia su casa al sur del pueblo, cerca de la plaza principal. Se trataba de una modesta construcción de un piso, con tres habitaciones, cuatro ventanas y un pequeño patio trasero. La sala y el comedor compartían el mismo espacio, la cocina daba al patio trasero y su habitación tenía vista hacia la pequeña calle empedrada que tanto había agradado a María desde el primer momento. Su casa no se parecía en nada a la de sus padres. El dinero había limitado en gran medida la decisión; el resto de ella había estado basado en su gusto por lo simple. María había aprendido a disfrutar de la naturaleza de su nueva casa. No sin esfuerzo y poco a poco... ese lugar se comenzaba a convertir en su nuevo hogar.

Se acercó a la cocina para prepararse una taza de café y un emparedado. La taza, como siempre, con una cucharada de café y con tres de azúcar; el emparedado nunca con más de tres ingredientes. Se sentó en el viejo sillón que había comprado al poco tiempo de mudarse y bebió un sorbo de su café. Tomó su libreta de notas y comenzó a redactar algunas ideas que tenía en la mente desde el fin de semana pasado. Hoy se sentía animada para empezar a redactar las primeras líneas del primer capítulo de su libro. Había postergado este momento con diversos pretextos: la falta de tiempo, la falta de información, el cansancio, otros proyectos, los amigos, la familia y así la lista continuaba. No sin sentirse insegura, había decidido que era momento de dejar los borradores atrás. 

Las palabras fluyeron sin detenerse o temer la caída en el papel. Las ideas comenzaban a tener forma y a dar coherencia al argumento que María tenía en mente. Se propuso no dejar de escribir hasta que el cansancio le impidiera continuar. Pasaron las horas y las hojas dejaban atrás el blanco total. El sonido de la lluvia comenzó a invadir lentamente las habitaciones de su casa hasta que se volvió imposible ignorar su caída. María, al escuchar la lluvia, no podía dejar de pensar en los pescadores, pues era muy probable que, de continuar, el día siguiente no sería muy bueno para la pesca.

domingo, 15 de mayo de 2016

La vida en la Ciudad de México

En la semana me estuve preguntando en numerosas ocasiones sobre qué escribir en el blog. Muchos temas pasaron por mi mente pero ninguno me convencía lo suficiente para escribir algunas líneas al respecto; otros temas no me parecían tan sencillos como para dedicarles tan poco espacio. El martes, cuando iba del trabajo al metro, volví a darme cuenta de algo que me llamó mucho la atención desde el primer momento en que conocí la Ciudad de México: el ritmo de vida de las personas que viven aquí. En esta gran ciudad se vive a un ritmo completamente diferente al resto del país, incluso difiere sustancialmente de la forma en que se vive en ciudades cercanas como Pachuca, Toluca, Puebla o Querétaro. 

Aquí en la Ciudad de México parece que todos tienen prisa por llegar a algún lado; no importa en que lugar te encuentres, la percepción siempre será la misma. En el metro todos caminan sin siquiera mirar a su alrededor. Esto puede tener sus virtudes, pero también tiene algunas desventajas. Entre sus virtudes se encuentra que esta forma de andar por la calle se traduce en que cada quien puede ser como desee sin que los demás se percaten del todo de las diferencias que los rodean. Una desventaja es que, a pesar de que nos volvemos menos quisquillosos con lo que nos rodea, se pierde nuestra capacidad de asombro ante lo que vemos. Creo que el balance entre ambas situaciones podría ser una buena opción. 

Después de que me llegó el tema a la mente, ingresé al metro y reflexioné todo el camino a la universidad sobre esta situación. Lo primero que saltó a mi mente fue que sería imposible vivir a un ritmo más lento en una ciudad que requiere tomar decisiones al momento, cruzar largas distancias y encontrarse a miles en un trayecto. Resultaría complicado, e incluso cansado, detenernos a pensar en lo que cada una de las personas con las que nos cruzamos está pensando o está sintiendo. Nuestro cerebro necesita economizar y para ello decide dejar de prestar atención a todo lo que nos rodea cuando vivimos en una ciudad tan grande. Tal vez por eso -y más- busco mis pequeñas dosis semanales de Metepec. 

domingo, 8 de mayo de 2016

El león

En la sabana el león se mueve lentamente y con sigilo en busca de una víctima a la cual sorprender. Él conoce muy bien el terreno pues se toma el tiempo para explorarlo, para generar estrategias de ataque y para emprender la huida con la presa antes de que otros depredadores lleguen hasta donde se encuentra. El león no es más inteligente que otros animales de la sabana, pero debe reconocerse que si hablamos de astucia este animal lleva la delantera. La sensibilidad, la compasión y la humildad no son sus mejores virtudes por lo que se cree superior al resto de los seres vivos con los que convive. Le incomoda ser un cazador solitario, no obstante, carece del valor para reconocerlo y agruparse con otros leones en torno a una meta en común. El león nunca ha tratado de cambiar porque su naturaleza se lo impide y contra ella toda batalla está pérdida ¡Oh, de cuántas cosas se pierde el león por ser león!

El león mira con soberbia a su alrededor y camina con soltura. Algunos de los animales más pequeños miran con temor a aquel felino porque han sido engañados. Ellos no saben que el león está lleno de temores y de carencias como todos los demás animales de la sabana. Ellos tampoco saben que el león vive ansioso por la posibilidad de que los demás descubran su secreto. Ellos desconocen que el león, al caer la noche, queda sin energía porque fingir durante el día es una tarea agotadora. -Así es la vida en la selva- cree este felino. -Así debo comportarme frente a un mundo anárquico- piensa el león. La mente del león concibe al mundo como un ganar o perder ¡Pobre león!

Hoy la vida en la sabana continúa sin el león. El león ha decidido, sin saberlo (¿o sabiéndolo?), alejarse de ese mundo que consideraba poco favorable a su cacería. Los demás animales están confundidos porque el león jamás se dejó ver sin todas la barreras que construyó desde siempre. La vida en la sabana debe continuar. Es extraño caminar por los pastos dorados sin que el león esté merodeando, cazando u observando. La sabana parece incompleta, aunque todos saben que la sabana existía antes del león y que seguirá existiendo después de él.

Todos se observaron en silencio. El gran anciano siempre los sorprendía con historias que los dejaba pensando por un buen tiempo. Algunos, los más cansados, se levantaron y partieron hacia sus casas. El resto comenzó a conversar poco a poco hasta que la charla se volvió ininteligible. El fuego, ajeno a la vida humana, siguió ardiendo en el centro.

El león por Rosa Bonheur


miércoles, 4 de mayo de 2016

Sus manos

Sus manos se entrelazaron con cierto nerviosismo. Era la primera vez que sus pieles tenían la oportunidad de reconocerse mutuamente. Una sonrisa se dibujó en sus rostros al reconocer complicidad en el tacto. Sus miradas intentaban descifrar lo que estaban pensando. Se observaban intensamente sin la intensión de invadirse. Sabían que lo que necesitaban era reconocerse en el brillo de sus ojos. No permitirían al tiempo apremiar la situación. Sus sonrisa invitaba a quedarse, a comprenderse sin hablarse. 

Los ruidos de la calle dejaron de importar. Los peatones pasaban sin siquiera percatarse de aquel encuentro que parecía haber detenido el mundo de aquellas personas que entrelazaban sus manos. La tarde comenzaba a mezclarse con la noche y el calor cedía ante la frescura. De pronto, parecía que el ritmo de sus emociones y el ritmo de los alrededores respondían a un mismo impulso. Tal vez era eso o tal vez era que algo comenzaba a surgir lentamente entre aquellas dos personas que se sonreían. Sí, era claro que el café sólo había sido un pretexto para propiciar aquel encuentro. Era un pretexto de los que se aceptan de buena gana, a pesar de su esencia cercana a la mentira. No, no era que creyeran en las mentiras, pues les gustaba pensar que debido a su naturaleza ese pretexto perdía cualquier sentido perverso que se le pudiese atribuir. 

Pidieron la cuenta como un reflejo de la necesidad que tenían por mantener aquel momento en la completa unicidad. No querían perturbar al futuro recuerdo que tendrían de sus manos, de sus ojos y de sus sonrisas. Pagaron y abandonaron aquel pequeño café a las afueras de la ciudad. Caminaron tres calles más hasta llegar a la estación de autobús. Se volvieron a ver a los ojos antes de partir. Así comprendieron que la calma sería su mejor aliada. Los recuerdos tendrían que construirse con delicadez y uno por uno... como se hace con lo que se ama. 

domingo, 24 de abril de 2016

#NoExagero #NoEsNormal

En los últimos días se han difundido en la red casos de violencia sexual en contra de las mujeres en México. La situación a todas luces no es nueva. Este fenómeno es sistemático en todo el país y lleva años ocurriendo. Las mujeres son víctimas de toda clase de abusos, desde una mirada lasciva hasta la violación misma. Todos nosotros hemos escuchado historias de alguna compañera, amiga o familiar que se ha encontrado en una situación incómoda o violenta por su condición de mujer. Algunas de ellas dejan de frecuentar el lugar en donde ocurrió el episodio de violencia y otras tantas, animadas por el coraje y con la intención de defender su libertad de caminar por donde quieran, deciden utilizar la misma ruta.

El tema me ha hecho ruido en la mente y muchas dudas me han surgido. Me pregunto si deberíamos pensar que este fenómeno se acentúa en países como en México o si es un fenómeno que ocurre en todo el mundo en diferentes modalidades. También me cuestiono si el combate a la violencia de género debería hacerse desde las instituciones gubernamentales o sería más acertado comenzar a cambiar patrones de conducta desde nuestras propias familias o ambas. Por lo pronto, sólo he sabido afirmar que el debate sobre el tema es necesario. Las mujeres deben saber que no es normal el acoso ni la violencia de género en sentido amplio. Asimismo, muchos hombres deben comprender que las mujeres no son objetos que se deban poseer. Si una mujer dice no es no y punto (claro, esto aplica para muchos contextos de violencia). 

Para terminar esta breve reflexión, me gustaría compartirles los siguientes testimonios que se publicaron en un perfil de Facebook y que se han hecho virales. Estos testimonios promueven el uso de los hashtags #NoExagero y #NoEsNormal, que considero muy oportunos para combatir la violencia de género. Es necesario que volvamos visible a la violencia de género, que no permitamos que millones de mujeres piensen que es algo que está en sus mentes y que están exagerando. La violencia no es aceptable en ninguna de sus modalidades porque implica atentar contra otro ser, infringir su derecho a vivir libremente y lastimar su dignidad. Señores, esto no se trata de feminismo radical, se trata de entender que todos tenemos derecho a vivir sin miedo. 

  • http://www.m-x.com.mx/2016-04-11/dan-en-facebook-testimonios-sobre-acoso-y-violencia-sexual-contra-mujeres-noesnormal-y-noexagero/ 
  • http://www.m-x.com.mx/2016-04-11/voy-a-cumplir-40-anos-y-sigo-sin-entender-por-que-el-acoso-masculino/
  • http://www.m-x.com.mx/2016-04-11/carta-abierta-a-mi-hermana-lorena-por-ana-negri/
  • http://www.m-x.com.mx/2016-04-11/a-nadie-le-importa-que-nuestras-vidas-esten-llenas-de-miedo-todo-el-tiempo-por-natalia/