Se acercó a la cocina para prepararse una taza de café y un emparedado. La taza, como siempre, con una cucharada de café y con tres de azúcar; el emparedado nunca con más de tres ingredientes. Se sentó en el viejo sillón que había comprado al poco tiempo de mudarse y bebió un sorbo de su café. Tomó su libreta de notas y comenzó a redactar algunas ideas que tenía en la mente desde el fin de semana pasado. Hoy se sentía animada para empezar a redactar las primeras líneas del primer capítulo de su libro. Había postergado este momento con diversos pretextos: la falta de tiempo, la falta de información, el cansancio, otros proyectos, los amigos, la familia y así la lista continuaba. No sin sentirse insegura, había decidido que era momento de dejar los borradores atrás.
Las palabras fluyeron sin detenerse o temer la caída en el papel. Las ideas comenzaban a tener forma y a dar coherencia al argumento que María tenía en mente. Se propuso no dejar de escribir hasta que el cansancio le impidiera continuar. Pasaron las horas y las hojas dejaban atrás el blanco total. El sonido de la lluvia comenzó a invadir lentamente las habitaciones de su casa hasta que se volvió imposible ignorar su caída. María, al escuchar la lluvia, no podía dejar de pensar en los pescadores, pues era muy probable que, de continuar, el día siguiente no sería muy bueno para la pesca.
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