Él caminaba descalzo alrededor del jardín de la vieja casa. Los olores y las sensaciones se mezclaban entre sí. La lluvia había convertido a la tierra en un poderoso tranquilizante, el viento soplaba fuerte y el césped, bajo sus pies, estaba húmedo. Su mente se preguntaba cómo es que todo había sucedido de aquella forma. Los días habían pasado uno tras otro sin que le permitieran detenerse a pensar sobre lo que ocurría. Ahora, se encontraba contemplando aquellas rosas que había visto crecer desde siempre al costado del jardín. Esas rosas, siempre atentas a las estaciones del año, florecían con singular intensidad. Algunas eran de color rosa, otras de un amarillo opaco, también las había rojas y blancas. Los dos cedros, irreverentes frente a las estaciones, conservaban el verde de siempre. Después de tanto tiempo, él logró convencerse de que valía la pena haberlos sembrado hacía ya más de quince años.
Sus pies comenzaban a sentir el frío de la tierra. La humedad se impregnaba en su piel como el olor de la tierra mojada lo hacía en su pecho. El frío no era de aquel que aleja, era una clase de frío que invita a quedarse, a apreciarlo. Ese frío que mantiene al alma alejada de los tormentos y los delirios del calor. Es el frío que nos recuerda nuestra calidad de humanos. La humedad, en sincera complicidad con el césped, comenzaba a dejar algunas marcas en sus pies descalzos. Formas diversas aparecieron paulatinamente en las plantas de sus pies. La caminata seguía surtiendo sus efectos y él lo sabía.
Decidió continuar con aquella contemplación. Entendía perfectamente las necesidades de su ser. Desde niño había aprendido que las necesidades del alma requieren de tiempo y que son a las que debemos escuchar con mayor detenimiento. Esos días convulsos le habían arrebatado, sin ningún detenimiento, su necesidad de servir al alma. Se daba cuenta de que la tristeza se desvanecía con dificultad, pero a ritmo constante. Su padre había tenido razón en decirle que no había plazo que no venciera. Se encontraba al final de ese plazo con sus emociones enfrentando a su razón. Las lágrimas no se hicieron esperar y una por una resbalaron por aquellas mejillas frías. No eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de conjunción. Él, su interior y su alrededor, se presentaron como un todo, como una misma idea.
Decidió acostarse en el suelo. El agua, sin necesidad de permiso, traspasó su camisa y empezó a recorrer su espalda. No era un recorrido desordenado; era una marcha constante que amenazaba con empapar todo lo que se encontraba a su paso ¡Vaya que aquello era el pasado! Rápidamente recordó las tardes de su niñez, en que tirado en aquel mismo césped, observaba el movimiento de las nubes, la partida de las aves y la llegada de las estrellas.
Soltó la pluma y dejó de escribir. Aquello podía esperar, tal como había sabido hacerlo desde hace algunos años. Esa, la sonrisa que bien conocía, apareció en su rostro.
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