Generar un estilo propio que logre transmitir nuestras ideas y pensamientos requiere de mucho esfuerzo. La influencia de quienes nos rodean, de lo que estudiamos y del lugar en donde nos desenvolvemos se refleja en la manera en que escribimos. Conforme los años pasan, se convierte en un lujo escribir como nos apetece, porque hemos aprendido tantas reglas y estructuras que perdemos el buen hábito de explorar, inventar y jugar con la lengua.
La voz propia no significa que hagamos un uso caprichoso de la lengua, que ignoremos sus formas más básicas y que nos empeñemos en volver incomprensible el mensaje que transmitimos. La voz propia requiere consciencia de las herramientas lingüísticas a nuestra disposición. Conocer las fortalezas y las debilidades de la lengua nos permitirán recorrer sus caminos sin miedo y con la confianza de atrevernos a innovar. La voz propia nos volverá más seguros en nuestra relación con las palabras, con sus significados y con las posibilidades infinitas que tenemos para comunicarnos. La voz propia nos invita a equivocarnos mientras experimentamos con la lengua. Las bondades de este tipo de equivocaciones es que, a diferencia de aquellas que no reconocemos, nos permitirán acercarnos más a la lengua.
Adueñarnos de lo que creamos es el fin de la voz propia. A veces me encuentro con puristas de la lengua que se oponen a participar del juego creativo con las palabras e inevitablemente la única imagen que viene a mi mente es una camisa de fuerza. Estos puristas convierten a la lengua en una vulgar receta que sin más remedio debemos seguir; vuelven al creador esclavo de su creación. Por otro lado, la voz propia nos permite sabernos dueños de nuestra creación. Nos sabemos con el derecho de modificar las estructuras existentes y de ajustarlas a nuestras nuevas realidades y a las invenciones sin fin de la mente. Sí, querido lector, como se habrá podido dar cuenta yo abogo por un uso más libre de la lengua (¡Ojo, ni siquiera pasa por mi mente estar a favor del uso libertino que muchos hacen de la misma!) y pienso que la voz propia es un buen medio para acercarme a esta convicción.
Portada de El Principito, traducido al otomí por Raymundo Isidro Alavez y Jacques Galinier
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